«…Pero se que nos morimos de repente
y se quedan sólo las cosas
Cosas ocupando espacio
Cosas en todas partes
Las cosas que tuvimos tantas ganas de tener
Cosas suaves y brillantes
Y nuevas, que ahora son viejas
Plomas como tu nubecita
Unas cosas que no hemos visto hace tantos años
Que quedaron escondidas debajo de otras cosas
Que son cientos, miles, incontables
Pedazos de cosas
Ni siquiera conozco todas estas cosas
Son cosas que ya no tienen color definido
Que sobran que entorpecen que pesan
Que hay que romper, deshacer, botar
¿Habrá que llorar arriba de las cosas?
¿será mejor quemarlas?
¿hacer un incendio de las cosas que se quedan aquí?
Convertirlas en un fuego grande, amarillo, azul
Un fuego en la noche
Que caliente la piel de los que quedan
Las cosas están muertas también
Habría que incinerarlas
Son inútiles
No respiran más
No significan nada
Ya no le hablan a nadie
Yo no quiero más cosas que no dicen nada
¿las escuchas tú?»
“Sandra es la cajera de un supermercado y ve gente muerta. Tiene el don o la condena de hacerlo. Alex viaja desde el extranjero a desarmar el departamento de su madre que falleció hace poco, luego de un fulminante ataque. Extrañado, en medio de ese universo que no le pertenece, recibe la insólita visita de Sandra, quien le trae un mensaje inesperado desde el más allá. Con humor, originalidad, delirio y una cálida sencillez, la autora pareciera querer decir que pese a la frialdad y el desapego en el que nos movernos en este mundo moderno, siempre existe la posibilidad de un buen abrazo. Y que al final del día es esa magia, y no otra, lo único que necesitamos”. -Nona Fernández, Dramaturga-

